
Llega la lluvia con los pies descalzos a los muros antiguos de la ciudad. Cae lentamente sobre los monumentos, mojando palomas y turistas mientras los vendedores ambulantes cambian postales por paraguas. Las calles se limpian de gente y poco a poco todo parece más triste.
Pero la lluvia termina y la ciudad permanece, y cuando sales a la calle te mira desde los charcos que se multiplican como un ejército de espejos: “sigo aquí, a pesar de la lluvia y de los siglos”.
FIRENZE
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